lunes, 6 de septiembre de 2010

Mariposas en tren

Parece mentira el sinfín de sensaciones que puede causar un medio de transporte.
El coche, normalmente, me produce agobio, además de marearme y de hacerme sentir enjaulada. Del avión no puedo hablar, no he subido nunca, pero me encantaría, y espero poder subir pronto porque algún proyecto tengo en mente, y sentir, por fin, esa sensación de volar... Del barco... ¡qué decir del barco! esa sensación de libertad absoluta y a la vez soledad, en medio de un mar inmenso, sentirse vacío y a la vez lleno... ver cómo, a pesar de ir despacio y de haber mucha distancia se llega al destino deseado, cómo las olas repican sobre popa y proa, como lo mecen cuando estás intentando dormir en tu cama, recordando aquella mecedora que todos hemos tenido de bebés, que usaban las mamás para conseguir que conciliásemos el sueño por unas horas...
Será cosa de familia, pero mi medio de transporte favorito es el tren. Esas máquinas imponentes, capaces de mover toneladas y toneladas de hierros, por encima de dos simples raíles, apoyados sobre fuertes traviesas, de madera o de hormigón... que pasan de pueblo en pueblo, donde te sientas, sin ningún tipo de preocupación, ves pasar las nubes, los árboles, a veces paisajes impresionantes en los que se aprecia la increíble fuerza y el incalculable valor de la naturaleza, donde puedes leer, incluso dormir, acompañado de un leve traqueteo y de una música, a mi parecer, encantadora... Quizás es porque desde bien pequeña he viajado en tren, quizás es porque he ido en tren a lugares preciosos o bien en días que han sido muy importantes para mí, quizás es porque me trae a alguien especial.
Levantarme a las 6.50 de la mañana antes era un suplicio, ayer me levanté con alegría, ganas de correr, salí de casa a las 7.20 feliz (¡siendo un domingo!), anduve por el puente, observé cómo salía el sol, los colores que se reflejaban en el agua del río... me subí al tren bastante nerviosa. Cuanto más me acercaba a la estación de Sants, más nerviosa me ponía, cientos de mariposillas revoloteaban en mi barriguita... al bajar del tren ya eran miles, y al mirar y no verle... millones. Al verle aparecer, se triplicaban, y al darle un abrazo, un beso y cogerle de la mano...
Cuando llegas, y salgo de casa para venirte a buscar, viene una mariposa más por cada paso que doy y llego más cerca de la estación, cruzo esa puerta, oigo el anuncio de que el tren, y mi cielo, están a punto de llegar, veo el tren llegar, veo gente salir por las puertas, subir las escaleras... y ahí estás... y no caben más mariposas ya.
Y ésto es sólo el principio, aún no hemos viajado juntos...
Es triste, sin embargo, cuando llega el momento de la despedida, y ves que te vas en ese tren que te ha traído tantas alegrías, y ver que se va en ese tren que me lo trajo aquél día... ver que se aleja, pero saber que pronto volveré o volverás, y esperar con ganas ese próximo día, y con más mariposas, si cabe, revoloteando, otra vez, en mi barriguita.
Dime si esto no es un tesoro...
Las mariposas, al igual que tú y yo, van en el tren.

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